La propuesta de abrir la Copa del Mundo al capital privado encendió una defensa internacional del torneo como patrimonio deportivo. Para los críticos, permitir que fondos de inversión participaran en los ingresos mundialistas podría trasladar parte de las decisiones comerciales a actores cuyo principal objetivo sería obtener rendimientos económicos.
La FIFA rechazó que se tratara de vender el torneo. El organismo explicó que los inversionistas tendrían una participación minoritaria y sin control sobre la organización de las competencias. Además, sostuvo que los nuevos recursos permitirían incrementar los apoyos destinados a federaciones y proyectos de desarrollo alrededor del mundo.
Las confederaciones consideraron insuficientes esas garantías. Concacaf denunció la ausencia de un proceso institucional adecuado, mientras la Confederación Asiática respaldó las preocupaciones de UEFA y advirtió que el futbol nunca debió ser colocado frente a la posibilidad de un boicot mundial.
La controversia terminó convirtiéndose en una discusión sobre la identidad del deporte. Aunque el proyecto habría sido detenido, persiste la pregunta sobre los límites de la comercialización: ¿puede la FIFA recibir inversión privada sin transformar la Copa del Mundo en un producto condicionado por intereses financieros?